Hace días que quiero despelucar a Marco, no creo ser el único. No despelucar por despelucar, no por entretención, sino que porque se ha transformado en el filtro del análisis político y no sólo en su fetiche. Me deprime ver cómo pasan volando los temas que valen la pena sin que nadie los agarre y, a la inversa, cómo los comunicadores de este país atrapan al voleo huevás que no tienen ninguna relevancia. Marco se está posicionando exitosamente como pre-candidato y la opinión pública está construyendo un mito en torno suyo, sin dentrar a picar. Con los demás candidatos la cosa no es mejor pero, en revancha, sus trayectorias políticas son de mayor data y ya conocemos muchas de sus incógnitas.
De la cantidad de columnas, artículos y entrevistas que he leído por estos días, lo único que vale la pena son las palabras del viejo Uribe en las Últimas Noticias (9/5/9) . Uribe lo trata de prosaico, lo que en su lengua culta significa que tiene un discurso vulgar. Después de leer el décalogo programático de Marco, de revisar entrevistas recientes y pasadas, de leer el diálogo que publicaron con Ominami, de ver su documental sobre los héroes fatigados (francamente, los hallé a todos bastante enérgicos) y de saber de él par-ci, par-là, creo que su única proclama novedosa es el semi-presidencialismo. El resto es refrito concertacionista, reclamo generacional y farándula.
Proponer cambiar de sistema político es mil veces más osado que hablar de una Constitución del Bicentenario como hace Frei en eterna referencia implícita al lastre ilegítimo de Pinochet que, mal que mal, todo actor del juego político acepta. Una Constitución del Bicentenario puede significar, como hizo Lagos a menor escala, remodelar el boliche, pero difícilmente significará transformación estructural del régimen de poder, consenso obliga.
Simplificando a mango, en el régimen actual el Presidente tiene todos los resortes del Ejecutivo y el Parlamento le sirve, o no le sirve, para hacer aprobar las leyes que propone. El grueso de la política decisional es ámbito del Presidente y el gobierno entero hace de equipo suyo. Esto es lo que se ha dado en llamar la veta portaliana, que Pinochet resucitó y que Lagos supo usar a su medida. Marco, presidente de la comisión de régimen político de la Cámara, está seducido con la idea en estudio del semi-presidencialismo que consiste en crear interdependencias políticas entre el Parlamento y el Gobierno de modo de distribuir el poder real de decisión entre ambos órganos. Él piensa en el modelo francés, ese es su norte y su cuna, el país que admira y añora por sobre todas las cosas. No lo critico por ello.
Al recoger esta idea dentro de su programa, Marco está reivindicando la necesidad de politizar la política (que nadie lea redundancia en estas palabras). Su diagnóstico es que la política chilena (su funcionamiento institucional) posee una intensidad política demasiado baja (conflicto mínimo). Parto de la base que los cultos lectores entienden que “conflicto = caos” es una asociación degraciada del discurso pinochetista. Conflicto significa que las diferencias de posición se hacen explícitas, por oposición a consenso que significa que éstas se ocultan y se negocian entre cuatro paredes. El primero conlleva una política caliente, el segundo una política francamente gélida. Marco es de creencia republicana en este punto, no la de los elefantes gringos sino que la de herencia francesa que es también, por implate histórico, la nuestra. Marco piensa en la Constitución del veinticinco y no en una democracia participativa.
Aquel debiese ser el tema de fondo del debate electoral en este momento, o al menos uno de sus temas de fondo, y no la sumatoria de voladores de luces con que los precandidatos y sus coaliciones pretenden mantenernos entretenidos hasta diciembre (que la incorporación de jóvenes alternativos a los comandos de campaña, que cuántas chaquetas consiguió dar vuelta tal o cuál precadidato, que si va a participar o no del debate presidencial online, etc.). Pero en la política chilena, profundamente espectacularizada, y con los periodistas y los medios que tenemos, y que nos merecemos, no existe espacio para discutir cuestiones tan lateras, tan densas, tan cabezonas, que requerirían no de entrevistas de una plana o de notas televisivas de minuto y medio sino que de discusiones bien argumentadas y apoyadas en documentación de libre acceso, y sin los límites absurdos de tiempo ni las preguntas superficiales que el reporterismo impone bajo los argumentos de la novedad, la inmediatez o el rating. Esta es la verdad: tenemos bajo nuestras narices un debate fundamental, precioso, sobre el futuro político chileno pero no existe espacio en la cultura mediática ni en el intelecto chileno medio para recogerlo.
Otro tema de fondo es el económico. Marco se declara neoliberal, digámoslo con todas sus letras. Cree en la justeza de la libre oferta y demanda pero con Estado regulador. Esta es, precisamente, la opción mayoritaria dentro de la Concertación, incluso diría su mérito ideológico, pero a la vez es uno de los principales objetos de desilución de sus votantes históricos y de sus ex votantes. Marco aprehende la realidad a través de “minutas de veinte páginas”, como le contó al vomitivo Checho Hirane, pero el perraje ve con ojos propios que el libre mercado le da, efectivamente, acceso a múltiples bienes y oportunidades pero le quita, por cierto, seguridad económica a sus vidas, y quisiera el perraje, la mitad de la población, que esa ecuación fuera repensada.
La regulación y la supervisión estatal, por desgracia, no aseguran la redistribución económica sino chorreo de mayor o menor caudal según los ciclos económicos y el voluntarismo social del gobierno de turno. Por lo mismo, la famosa crisis económica actual no es un tema pasajero sino una cuestión que dice relación con la protección económica de la población y por ende con su desarrollo humano, ahora y en ciclos posteriores. A nadie le quepa duda que con esta crisis aumentará en Chile la desigualdad (quizás no la pobreza absoluta), aunque sea levemente, por la sencilla razón de que en los escenarios de contracción económica todos pierden, menos la riqueza concentrada. “Todos los animales son iguales, pero unos más que otros”.
Acerca de este menjunje que sin duda preocupa mucho a la ciudadanía, Marco no se ha pronunciado, que yo sepa. Él ostenta una adscripción al modelo económico pero no un análisis estructural ni coyuntural propio, a diferencia de la totalidad de los demás precandidatos presidenciales. Éstos representan opciones socioeconómicas claras. Piñera optaría por un Estado social voucher con mayores desregulación y privatizaciones, Frei y Zaldivar por una inflación semi-populista del margen de Estado social posible bajo una economía desocializada, Arrate, Navarro y Jiles por una refundación económica estadocéntrica.
A este respecto, Marco es una incógnita y la historia nos enseña que democracia política y justicia social corren por carriles separados. Su osadía y originalidad en temas políticos dice poco o nada acerca de su postura económica. Pueda ser que Marco encuentre la manera de profundizar sus definiciones, aprovechando su espíritu enfático y atractivo, si quiere convencer a los que ven la realidad con algunas vueltas de tuerca más.